Es cierto que para las lesbianas tiene ya poco sentido negar el propio género, parece del todo innecesario emular la masculinidad para construir una identidad lesbiana. Pero nadie puede negar, sin embargo, que las lesbianas "masculinas" son más visibles: cuestionar el código mujer-femenina nada menos que con el propio cuerpo las convierte, como poco, en sujetas sospechosas. Las lesbianas femeninas, en cambio, no subvierten el código con la presentación del cuerpo y ello las invisibiliza, por lo menos, en un primer momento. Ser invisible es un problema, sí, pero mucho más preocupante es que esa estética, esa feminidad venga asociada -incluso por otras lesbianas- a la ternura, al afecto, las emociones, la comprensión, etc. El fantasma de la feminidad femenina heteronormativizada sigue ahí, y no podemos dejar de ser mujeres inseguras que necesiten protección y que-somos-para-otr@s. Si el camino para evitar la concatenación conceptual mujer femenina-emocional-cuidadora es cambiar las faldas por los pantalones, estaríamos aceptando la norma sin cuestionarla y reproduciríamos el juego.
Los tópicos y los estereotipos tienen la función de simplificar el mundo, establecen asociaciones (arbitrarias) que el ámbar del tiempo contribuye a fosilizar hasta que un buen día nos damos cuenta de que se han naturalizado. Algo que se ha naturalizado, por definición, no es natural sino que ha sufrido un proceso para llegar a ser. Sólo a partir de entonces se puede recorrer el camino inverso. Como la identidad es en gran medida una práctica estética en sintonía con una adscripción a un determinado código, los tópicos que interesan aquí son dos: mujer-femenina-bobita y marimacho-masculina-carácter-personalidad.
En el primer caso, el tópico mujer-femenina-bobita (y si es rubia, peor) funciona como una especie de aforismo social y sitúa a las mujeres en las antípodas del poder. Las lesbianas de estética femenina entran dentro del saco, basta maquillarse, pintarse las uñas o tener el pelo tintado y suficientemente largo para entrar en la arena movediza identitaria que provoca resbalones de falsa-lesbiana (una especie de infiltrada que no respeta el cánon de pelo corto), o -en el mejor de llos casos- deslices de ambigua o bisexual.
De otro lado, el tópico de marimacho-masculina-carácter-personalidad presenta a las mujeres como hombres frustrados/castrados enemigas potenciales para las posiciones de poder. La imagen no es ya un oasis de comprensión con suaves perfumes emocionales. No, las mujeres-lesbianas-con pluma suelen ser hipersexualizadas y desde luego no se las piensa como incompatibles con el poder. Impropio. Arriesgado y fuera de contexto, eso parece. Luego ¿es que la estética es consecuencia del contexto o la llegada al ámbito público de visibilidad-empoderamiento obliga a una determinada estética? Las posibles respuestas son caminos.
Las dos representaciones lesbianas que mencionamos son análogas a la construcción heteronormativa del mundo de lo femenino y lo masculino; pero ¿qué es lo que nos hace lesbianas, entonces? ¿hay algo que nos diferencie? En este punto de reflexión los caminos parecen converger y se llega a un lugar común: aquello que nos distingue es la importancia del saber emocional y de la práctica de los sentimientos. Dicho de otra forma, es una recaída en la más rancia esencia femenina. Es que ese lugar común también merece ser cuestionado si pretendemos reivindicar el deseo femenino para acabar de una buena vez con la separación entre mujeres y sexualidad. Como dice Olga Viñuales en Identidades Lésbicas (Belaterra, 2000), a propósito de negar la existencia del deseo femenino, "de dicho universo simbólico participa también el actual discurso público y privado lésbico al subrayar el enamoramiento como más definitivo que la sexualidad cuando se trata de adscribirse al término lesbiana".
Este esencialismo femenino lesbiano que refuerza la emocionalidad de las mujeres como carácter distintivo, es perjudicial por lo menos en dos sentidos: por un lado nos separa del poder y por otro nos impone unas relaciones indisolubles.
En primer lugar, desvincularnos de la sexualidad nos separa también del poder porque en lo erótico hay poder. Lo erótico, dice Audre Lorde The Power of the Erotic en Sister Outsider (Hermana Marginal), 1984, es un recurso que cada una de nosotras tiene y que "en un nivel profundamente femenino y espiritual, firmemente enraizado en el poder de sentimientos no expresados o no reconocidos". Toda opresión necesita corromper y controlar las fuentes de poder, así es que "se nos ha enseñado a desconfiar de este recurso, que ha sido envilecido y devaluado en la sociedad occidental. Por un lado, lo superficialmente erótico, ha sido difundido como signo de inferioridad femenina; por otro, a las mujeres se les ha hecho sufrir y sentirse despreciables y sospechosas en virtud de la experiencia de los erótico. De ahí hay sólo un paso a la falsa creencia de que solamente por la supresión de lo erótico dentro de nuestras vidas y de nuestras conciencias las mujeres podemos ser realmente fuertes. Existe cierto puritanismo en la fórmula que traiciona en silencio, la imagen del blanco, la pureza, la castidad, el agua y la tranquilidad son espejismos idealizados que nos obstaculizan el camino hacia la fuente de energía, el descontrol, la afrenta, lo irracional (que está siempre en movimiento), en suma: hacia lo erótico. En este sentido, dice Audre Lorde: "En contacto con lo erótico, me siento menos dispuesta a aceptar la impotencia u otros estados del ser que no son parte de mi naturaleza, tales como la resignación, la desesperación, la auto-destrucción, la depresión, la auto-negación"; reconocer el poder erótico es iniciar una búsqueda interna y original que implica el rechazo a las emociones-estándar impuestas, esas en las que tenemos que encajar pasivamente. Pensándonos en conjunto, dice Lorde, reconocer ese poder interior en nuestras vidas "nos puede dar la energía para procurar obtener cambios genuinos en nuestro mundo, en lugar de solamente esperar un cambio de personajes en el mismo cansador drama. Yesto es así no solamente porque tocamos nuestra más profunda fuente creativa sino porque hacemos lo que es femenino y autoafirmativo frente a una sociedad racista, patriarcal y anti-erótica".
Pero pensarse lesbiana en relación con el enamoramiento y no con la sexualidad supone otro perjuicio, el de pretender "eternizar" la relación para hacerla sólida. Es obvio que el problema aquí no son las relaciones sólidas en sí mismas, sino el hecho de asociar el enamoramiento de otra mujer como rasgo distintivo y pretender relaciones estables-sólidas-duraderas para "demostrar" a los demás (¿y a nosotras?) que somos lesbianas. Ahí esta el fantasma del decimonónico amor romántico, sincero y puro.
El contexto de la modernidad líquida o segunda modernidad poco tiene que ver con la estabilidad, y confiar la definición identitaria a una relación tan frágil/tensa/expuesta como la de la pareja trae serios problemas. Es que fundarla identidad lesbiana sobre la base del enamoramiento para ratificar nuestro lesbianismo (¡para siempre-siempre excluir la duda y la amenaza de la bisexualidad!), basar la identidad en esa asociación conceptual y en esas prácticas es apostar a una definición cada vez más excluyente de lesbiana, que en la modernidad líquida promete un sostenido debilitamiento de la identidad colectiva.
La identidad es un ejercicio de síntesis, y la síntesis es selección. A nosotras nos toca elegir cuáles son los rasgos actuales que nos definen, y esa es una tarea de reflexión individual y de intercambio obligado. Qué somos y cómo ser visibles, son dos preguntas recurrentes, cuyas respuestas no pueden ser ni dogmáticas ni estables.
Los tópicos y los estereotipos tienen la función de simplificar el mundo, establecen asociaciones (arbitrarias) que el ámbar del tiempo contribuye a fosilizar hasta que un buen día nos damos cuenta de que se han naturalizado. Algo que se ha naturalizado, por definición, no es natural sino que ha sufrido un proceso para llegar a ser. Sólo a partir de entonces se puede recorrer el camino inverso. Como la identidad es en gran medida una práctica estética en sintonía con una adscripción a un determinado código, los tópicos que interesan aquí son dos: mujer-femenina-bobita y marimacho-masculina-carácter-personalidad.
En el primer caso, el tópico mujer-femenina-bobita (y si es rubia, peor) funciona como una especie de aforismo social y sitúa a las mujeres en las antípodas del poder. Las lesbianas de estética femenina entran dentro del saco, basta maquillarse, pintarse las uñas o tener el pelo tintado y suficientemente largo para entrar en la arena movediza identitaria que provoca resbalones de falsa-lesbiana (una especie de infiltrada que no respeta el cánon de pelo corto), o -en el mejor de llos casos- deslices de ambigua o bisexual.
De otro lado, el tópico de marimacho-masculina-carácter-personalidad presenta a las mujeres como hombres frustrados/castrados enemigas potenciales para las posiciones de poder. La imagen no es ya un oasis de comprensión con suaves perfumes emocionales. No, las mujeres-lesbianas-con pluma suelen ser hipersexualizadas y desde luego no se las piensa como incompatibles con el poder. Impropio. Arriesgado y fuera de contexto, eso parece. Luego ¿es que la estética es consecuencia del contexto o la llegada al ámbito público de visibilidad-empoderamiento obliga a una determinada estética? Las posibles respuestas son caminos.
Las dos representaciones lesbianas que mencionamos son análogas a la construcción heteronormativa del mundo de lo femenino y lo masculino; pero ¿qué es lo que nos hace lesbianas, entonces? ¿hay algo que nos diferencie? En este punto de reflexión los caminos parecen converger y se llega a un lugar común: aquello que nos distingue es la importancia del saber emocional y de la práctica de los sentimientos. Dicho de otra forma, es una recaída en la más rancia esencia femenina. Es que ese lugar común también merece ser cuestionado si pretendemos reivindicar el deseo femenino para acabar de una buena vez con la separación entre mujeres y sexualidad. Como dice Olga Viñuales en Identidades Lésbicas (Belaterra, 2000), a propósito de negar la existencia del deseo femenino, "de dicho universo simbólico participa también el actual discurso público y privado lésbico al subrayar el enamoramiento como más definitivo que la sexualidad cuando se trata de adscribirse al término lesbiana".
Este esencialismo femenino lesbiano que refuerza la emocionalidad de las mujeres como carácter distintivo, es perjudicial por lo menos en dos sentidos: por un lado nos separa del poder y por otro nos impone unas relaciones indisolubles.
En primer lugar, desvincularnos de la sexualidad nos separa también del poder porque en lo erótico hay poder. Lo erótico, dice Audre Lorde The Power of the Erotic en Sister Outsider (Hermana Marginal), 1984, es un recurso que cada una de nosotras tiene y que "en un nivel profundamente femenino y espiritual, firmemente enraizado en el poder de sentimientos no expresados o no reconocidos". Toda opresión necesita corromper y controlar las fuentes de poder, así es que "se nos ha enseñado a desconfiar de este recurso, que ha sido envilecido y devaluado en la sociedad occidental. Por un lado, lo superficialmente erótico, ha sido difundido como signo de inferioridad femenina; por otro, a las mujeres se les ha hecho sufrir y sentirse despreciables y sospechosas en virtud de la experiencia de los erótico. De ahí hay sólo un paso a la falsa creencia de que solamente por la supresión de lo erótico dentro de nuestras vidas y de nuestras conciencias las mujeres podemos ser realmente fuertes. Existe cierto puritanismo en la fórmula que traiciona en silencio, la imagen del blanco, la pureza, la castidad, el agua y la tranquilidad son espejismos idealizados que nos obstaculizan el camino hacia la fuente de energía, el descontrol, la afrenta, lo irracional (que está siempre en movimiento), en suma: hacia lo erótico. En este sentido, dice Audre Lorde: "En contacto con lo erótico, me siento menos dispuesta a aceptar la impotencia u otros estados del ser que no son parte de mi naturaleza, tales como la resignación, la desesperación, la auto-destrucción, la depresión, la auto-negación"; reconocer el poder erótico es iniciar una búsqueda interna y original que implica el rechazo a las emociones-estándar impuestas, esas en las que tenemos que encajar pasivamente. Pensándonos en conjunto, dice Lorde, reconocer ese poder interior en nuestras vidas "nos puede dar la energía para procurar obtener cambios genuinos en nuestro mundo, en lugar de solamente esperar un cambio de personajes en el mismo cansador drama. Yesto es así no solamente porque tocamos nuestra más profunda fuente creativa sino porque hacemos lo que es femenino y autoafirmativo frente a una sociedad racista, patriarcal y anti-erótica".
Pero pensarse lesbiana en relación con el enamoramiento y no con la sexualidad supone otro perjuicio, el de pretender "eternizar" la relación para hacerla sólida. Es obvio que el problema aquí no son las relaciones sólidas en sí mismas, sino el hecho de asociar el enamoramiento de otra mujer como rasgo distintivo y pretender relaciones estables-sólidas-duraderas para "demostrar" a los demás (¿y a nosotras?) que somos lesbianas. Ahí esta el fantasma del decimonónico amor romántico, sincero y puro.
El contexto de la modernidad líquida o segunda modernidad poco tiene que ver con la estabilidad, y confiar la definición identitaria a una relación tan frágil/tensa/expuesta como la de la pareja trae serios problemas. Es que fundarla identidad lesbiana sobre la base del enamoramiento para ratificar nuestro lesbianismo (¡para siempre-siempre excluir la duda y la amenaza de la bisexualidad!), basar la identidad en esa asociación conceptual y en esas prácticas es apostar a una definición cada vez más excluyente de lesbiana, que en la modernidad líquida promete un sostenido debilitamiento de la identidad colectiva.
La identidad es un ejercicio de síntesis, y la síntesis es selección. A nosotras nos toca elegir cuáles son los rasgos actuales que nos definen, y esa es una tarea de reflexión individual y de intercambio obligado. Qué somos y cómo ser visibles, son dos preguntas recurrentes, cuyas respuestas no pueden ser ni dogmáticas ni estables.
Antonella

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